domingo, 1 de enero de 2012

La jaula de los monos

Últimamente los únicos llamados que recibo son de empresas anónimas que quieren proveerme de alguna clase de servicio. Empresas patéticas e inmorales gestadas por el sistema moderno para las cuales represento alguna clase de cliente; o de algún vendedor de alguna de las anestesias que el cuerpo o la mente me piden para funcionar, avisándome de un cambio de número, de un nuevo producto que quizás pueda necesitar. A veces algún llamado de alguien conocido, en una noche fuera del planeta. Relatándome historias tenebrosas, preguntando si estoy dispuesto a vender mi alma por un poco de paz. Yo hablo, hablo sin usar la mente, sin proceso intermedio entre la concepción de las ideas y la edición del dialecto, o les digo lo que ellos quieren escuchar. Es muy complicado, lo mejor es no atender el teléfono. Si uno se enmaraña en teorías conspirativas, suele terminar por creer que al teléfono, la computadora, el microondas, la comida que venden en las tiendas, los trabajos, todo esta creado con el fin de controlar y regular donde estás, que comés, como sos, etc. De todas formas, esa sería una conspiración demasiado simplista, y los conspiradores suelen ser laberínticos en su modus operandus.

Mirás por la ventana, y lo que ves, aunque probablemente no difiera de ayer, o el mes pasado, salvo por la monstruosa velocidad con que se reproducen las construcciones, que han dejado la inercia de estar ancladas al suelo para convertirse en materia en movimiento y constante expansión; de todas formas, esa realidad se te aparece como una realidad extraña, ajena, o como si fuese el primero en contemplarla en mil años. Como si fuese la primera vez que una verdad, o un sentimiento como una flecha traspasa su aire y luego su cuerpo. Pensás que lo que estás viendo es un buen lugar donde comenzar a cambiar la realidad porque, afrontémoslo, intuís que no sos el único demonio sin raza, que los otros seres que deambulan por las calles, que ellos también están enfermos. Que ellos también desconocen su procedencia. Te lo dicen los alaridos desgarrados de padecimiento que legan de los otros confines de la ciudad. Quizás las profecías tenían razón. Quizás sean una manifestación de nuestra intuición del destino.

Pensás que ese paisaje que contemplás por la ventana, esa fracción de éste mundo, de éste universo, es un buen lugar para comenzar a cambiar la realidad. Pero te hace falta un arma, o una causa, o un sentimiento de venganza, lo que sea. Es complicado, a veces creemos que hablamos todos un mismo idioma, pero hablamos todos distintos, por más que estén constituidos o no por las mismas palabras. Un arma, una causa, valor y compromiso para llevarlas, sentimientos, paz, un lenguaje que se entienda. Algo. Necesitás algo, lo que sea. Sin embargo las palabras, las miradas, los llamados, todo te aterra. Qué una persona o máquina, o un grupo de personas o un grupo de máquinas, soliciten que te muevas como te movés, que comas tal cosa, veas tal otra en la tele, pagues tales impuestos, etcétera etcétera etcétera.

Suena el teléfono. Dejan mensajes. Suena nuevamente el teléfono. Cortan antes de que atienda el contestador. Suena. Cortan. Suena. Dejan mensajes. Suena.

Te aterra la posibilidad de tener que interactuar de tomar pequeñas e inmensas decisiones, la posibilidad de que entren en tu espacio, la sospecha de que ya estén adentro. La posibilidad de ser secuestrado, la posibilidad de tener que confesar, la posibilidad de tener que matar o morir. Solo ves en la vida horror e injusticias. Las calles arden. Deambulan erráticos los peregrinos sin fe. O eso es lo que ves desde donde estás, te movés unos pasos, buscás otra ventana. Las voces dicen, se contradicen.

Es lo que sucede cuando nos enferma lo que nos venden como cotidiano, cuando hemos perdido todo derecho como animales de la naturaleza, cuando tenernos vivos como estamos es casi un acto sanguinario, somos las necesidades que nos aferran. Así morimos en ésta semi-vida de silencio.

Pero es una muerte con los ojos abiertos. Y hay que rellenarla de eso que nos enseñan desde la escuela, con esa verdad sucia que nos inyectan.



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