martes, 13 de diciembre de 2011

Ajíes fritos y vino blanco

El tipo era un desastre, de esos personajes que siempre se repiten. Una vez cayó a una reunión en casa, nadie lo conocía, por tanto nunca se supo explicar su presencia allí, tampoco jamás a nadie se le ocurrió averiguarlo y mucho menos preguntarle. Se dió vuelta y a eso de las tres de la mañana quebró en el sofá. Cuando se terminaba de ir la gente lo arrastré hasta la puerta y lo dejé tirado en la vereda. Primero atiné a arrepentirme de haber arrojado a su suerte a un ser en semejante estado de vulnerabilidad, luego pensé que en cierta forma allí pertenecía, no sería la primera ni la última vez que duerma en la calle. Su visión era algo de por sí algo siniestro, irradiaba lástima y desesperanza. Algo más cercano de lo que conocemos como muerte que de lo que conocemos como vida.

En efecto, murió un par de años después. Se había enamorado de un pollo congelado, al que violó despiadada y apasionadamente durante varios días hasta que entró el ave en descomposición. Entonces se acostó junto a su cuerpo, en el lecho donde se habían amado y fueron uno y mucho más que dos y simplemente murió y se descompuso, hasta que fueron partículas de una misma materia, hasta que fueron energía en viaje.

Era un tipo muy raro, extraía de los bolsillos de su saco ajíes de colores fabulosos que al comerlos lo hacían toser como enfermo terminal. Los bajaba preferentemente con vino blanco, sino con lo que sea que el destino pusiese a su alcance.

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