jueves, 22 de septiembre de 2011

Golpearlos con todas tus fuerzas

Soñás que los podés golpear y ellos caen, los golpeas con todas tus fuerzas y ellos caen con todo su enorme peso. Caen como no te imaginabas que podían caer. Como un puñetazo que te deshace la mandíbula, como un edificio dinamitado. Como animal en el matadero: uno tras otro. Caen. Caen y siguen cayendo.

Pero necesitás desesperadamente comprender ese mundo al que fuiste arrojado. Te adentrás en sus pasadizos, transitás sus bares, comprás en sus supermercados, estudiás en sus escuelas y bebés del agua de sus fuentes. Sos un auto en un embotellamiento a la hora pico. Darías lo que fuese por un momento de paz. Todo está cagado. Siempre lo estuvo y siempre lo va a seguir estando.

Una aguja de un reloj, una batería que se acaba. Soñás despierto con comprar un arma, demostrarle a la realidad que tenés la capacidad de influir sobre ella. Te sentís castrado. Una mano de hierro te arrancó los huevos. Estás solo. Todos los hombres y las mujeres estamos castrados, lobotomizados y drogados a más no poder. Estamos condenados. Así nacimos, nuestra vida y nuestra muerte no han de ser distintas.

Cada vez cobra más fuerza la idea del arma. Tiene que ser algo grande. A repetición. Te sentís enfermo, sucio. Te hace pensar que algo en vos debe andar bien. Que todos deberíamos sentirnos así.

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