domingo, 14 de agosto de 2011

La soledad es un bar que nunca cierra

Ella sabía lo que él sentía. Todos lo sabían, se podía percibir a kilómetros: todavía la amaba.

La abrazó, atesorando aquel momento de comprensión, de sosiego en la locura de las fauces de ese mundo que gira a veces tan rápido que parece desprenderse de su órbita y flotar a la deriva. Quizá la órbita nunca existió y se trata todo de una ilusión colectiva. Se abraza a ella como si fuese el único sitio con gravedad en el universo, sentía la fuerza enorme del cosmos sujetando sus cuerpos. La abraza y siente un instante de abrigo luego de las desoladoras temperaturas del espacio. No consigue decirle nada, los sentimientos saturan su sistema, desacostumbrado a emociones humanas.

Luego habló sin sentirse decir. ¿Qué podría decirle que no diga la tristeza en sus ojos sangrantes de amor? Simplemente se desarma, se desarticula en su presencia. Considera todos sus intentos por comunicarse un esfuerzo vano, mísero y desesperado por adaptarse a la fuerza a una realidad en la que siempre será forastero. Pero se sentía bien así y todo intentar decir. Sentir la necesidad humana de comunicarse. Se sentían bien los cuerpos abrazados en la puerta del bar mientras compartían un cigarro.

De todas formas haría siglos que ya no creía en el amor. Lo comprobaban sus manos al apoyarse en el muro que lo separa del mundo, de la felicidad, la tristeza. De toda emoción. En los supermercados, los bancos, los colectivos, no veía personas: veía seres sin amor. Siente que todo lo que se concibe, todo lo que se es, es artificial e impuesto o prestado. Que a veces, ni siquiera nada es.

El universo estalla en silencio. Revoluciona, comienza. Y el mundo nuevo es acaso el más bello, el más pacífico. Es. Tras el muro casi puede olerse la vida brotando, siguiendo su curso. Y siempre el otro parece mejor. Habría que avanzar siempre, caminar para un lado y el otro y el otro. Ir. Volver. Ir. Ir. Ir.

Pero el idioma del alma es algo imposible de traducir. Nada puede decirse, habría que meterse en todos los edificios y patear las paredes, los ascensores, a la gente, para comprobar si no se trata todo de una fachada o una broma cruel. Que se venga un viento con toda la furia del planeta a barrer con las estructuras de esta supuesta realidad. Una realidad demasiado matemática, demasiado urbana como para que en ella puede existir el amor.

Nos pasamos la vida intentando asimilar el amor. Necesitamos desesperadamente creer que es posible. Pero es una posibilidad remota, la única certeza es la solitaria locura de las calles que pronto nos hallaremos caminando.

Intenta llamarla. El teléfono apagado. Se habría ido con el chico del bar, ya tenían algo andando. Parecía una persona normal, algo que él jamás sería y que lo complicaba todo, pero no todo estaba cagado, tenía plata para seguir bebiendo y un bar a algunas cuadras que no cierra hasta la mañana. Había mucho que aplacar. Ya conseguiría con quién compartir un polvo y un trago.

Todo había cambiado, era como siempre. Ella no estaba y él atravesaba la calle de éste agosto helado y desierto y todas las calles de todos los agostos helados y desiertos. Era solo otra persona sin nada en que creer. Todas las lágrimas del mundo agolpadas en su garganta. Todas las lágrimas del mundo y jamás podría llorarlas. Hasta el borracho más perdido y solitario del universo sabe que de nada sirven las lágrimas cuando no albergan esperanzas. Pero siempre hay otro bar y en las calles vacías los grillos cantan y cantan.

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