domingo, 14 de agosto de 2011

A la mierda todo

Tuve que irme de la fila para vomitar. No había comido nada, solo quedaron allí rastros de unas empanadas de la noche anterior y whisky, mucho whisky. En ningún momento la fila pareció avanzar, no estaba entrando gente al cuarto oscuro, de la mesa decían que no había boletas de tal partido. De todas formas, no confío en los militantes. Sería casi tan en vano como confiar en ellos como confiar en un religioso.

Me apoyé en un auto con las tripas ardiendo y la mente y el espíritu explotando. Comenzó a sonar la alarma. Mierda. Los alcohólicos de antaño no debían tener tantos problemas. Vomitaban y se tiraban al pasto. Nadie los jodía. No había policías ni elecciones ni políticos. Pero así está la cosa, compleja al pedo. No tenía la piedra de faso. Hurgué en los bolsillos del saco y di con medio porro. Me crucé a la plaza a fumarlo.

Tendría que armarse choripaneada frente a las escuelas los días de elecciones. El candidato de la lista x te da un chori y su correspondiente vaso de vino como agradecimiento por apoyar su proyecto. Vamos, vendemos el voto por mucho menos, se sabe de antemano quién gana, y si se diese el caso de que gane otro, sería una ingenuidad pensar que haría alguna diferencia. El que dijo que nos une el espanto no pudo haberle dado más en el clavo. Un café, mi reino o los veinte pesos en mi bolsillo por un café.

Imposible que no te miren raro, así somos las personas. No creo que nunca terminemos de entender que todos somos raros. Bastaría con mirarnos un par de segundos al espejo, escucharnos hablar, prestar atención a las palabras que usamos. Bastaría con intentar comprender qué estamos haciendo en estas escuelas metiendo las caras y el discurso de esta gente (aunque su condición de gente no nos conste) en sobres para que después los ignorantes y corruptos presidentes de mesa hagan lo que se les cante el ojete con ellos, bastaría con eso para darnos cuenta que todos somos unos monigotes con la dichosa cabeza llena de basura. Es de ese tipo de cosas que uno se pregunta porqué las hace después de hacerlas.

¿Para qué vengo a votar? En la oscuridad de mi casa tomándome un café con dos cafiaspirinas plus o haciéndome una paja contribuiría quizá más a la revolución que participando de ésta farsa, ésta puesta en escena. Voy a entrar. Y voy a cagar en el cuarto oscuro y a meter una boleta enmierdada en la urna. Ya sabía que el whisky había sido una gran idea, que me iba a ayudar a decidirme.

Tengo algo podrido y horrible gestándose en mi interior, y se lo voy a dar todo al sistema.


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