viernes, 24 de junio de 2011

Los que quedan tirados

Desplomado en el piso, su propia humanidad lo aplastaba contra sí. Bramaba como un toro que había sido estaqueado, pudo evadir su destino, correrlo hacia un costado. Había asesinado al torero, pero estaba gravemente herido. Necesitaba reponer energías. Quedó tirado en la parada de colectivos. Atinó a abrir los ojos cuando le grité desde el vehículo que arrancaba a marchar, en ellos, sus ojos, asomaba a través de la confusión, desconcierto. Estiró su brazo como pidiendo que no lo deje, pero enseguida desistió.

Demasiados indicios llevan a uno a pensar que la normalidad no existe, es una conjunción azarosa, casi malintencionada de rarezas, una especie de chasco. Un estado mental inducido por un robot que nos maneja la mente, un quinoto, una perinola puede ser, pero que la normalidad como tal no existe, no existe. El fresco que entraba por las ventanillas abiertas me despabiló un poco.

Me abrió la puerta del lugar donde estábamos quedando Fernando, un artesano cuarentón y merquero que estaba parando en el living de Nahuel y el Sensei porque la mujer lo echó de la casa. La escena cuando abrió era tétrica: el loco era de agua triste, parecía que lloraba, transpiraba empapado por el sopor de la fiebre, tosía y estornudaba al mismo tiempo. Jamás había escuchado un lamento semejante, así de desgarrador proveniente de un ser humano, como el que emitió aquella criatura al verme y siguió emitiendo hasta que se oyó tras su lastimero paso cerrarse la puerta del patio, y luego un nariguetazo largo y desesperado, luego el alarido-gemido acalló y fue más un lamento que se oía a lo lejos. “Boludo, boludo ¿Dónde estás?” ladró “Vení a tomar un saque…” Comenzó a llover, recordé a mi colega tirado en la calle. Cayó el sensei, fumamos un faso y charlamos de mujeres y del viaje. El artesano se acostaba y se levantaba a cada rato. Me acosté a dormir como a las seis, el artesano seguía tomando en el patio.

“¡¿Qué golpeás la puerta como la policía gil?!” “¡¿Eh?! ¡¡Gil!!” “¡Y hoy dormís en el suelo, gil, las pelotas te me vas a tirar en la mitad del colchón!”. El artesano, que ni de arte ni de sano tenía nada, estaba sacadísimo. El poeta alcohólico (o alcohólico poeta, como se prefiera) intentaba justificarse sin llegar a comprender que era lo que había hecho mal (recordemos que los artistas suelen llevarse el mundo por delante respaldando su accionar en una supuesta justicia poética). Les grité que se callen y el almidonado confector de collares se me vino al humo, quiso patearme la cabeza pero lo atajé, me paré y le dije mirándolo a esos ojos inmundos y enfermos de desesperanza que tenía que no me hinche las pelotas, que no tenía drama en pararme de manos con un gil que se pasa de viejo. Ahora me arrepiento muchísimo, tendría que haberlo molido. Me hice a un costado y me quedé mirando, el artesano volvió con Santos, a pesar de la calentura no creí que me correspondiese intervenir. Fernando lo fajaba al colega, le reclamaba un morral de Nahuel que se había llevado sin permiso para transportar los libros a Che Cambá, ese bar que nos recomendaran por su movida artística y del cual nos terminarían echando. Santos llegó esa mañana sin el morral, cuando lo dejé en la parada del colectivo lo tenía agarrado con todo, como agarran los que quedan tirados sus únicas pertenencias en el mundo. Casi se me enoja cuando quiero tomarlo, tardó unos segundos en reconocerme. Dijo sobre el morral que lo habían cagado a trompadas y se lo robaron.

Para éstas alturas, tirado nuevamente en el piso, el artesano le pateaba las costillas, gritando con voz nasal eufórica y entrecortada “¡¿Esto es la FLIA?!” “¡¡La FLIA es una mierda!!” “¡¿Feria del libro independiente?!” “¡¡La feria de giles independientes es!!” “porque ustedes no son intelectuales, son unos giles” patada por medio intercalaba un “sos una rata” con algún “¿le vas a pagar a Nahuel el bolso que le perdiste?”. Santos le decía que pare, puede ser un borracho pero es un tipo en extremo considerado, en ningún momento se le dio por recurrir a la violencia, o por lo menos en un principio.

Levanté campamento, hirviendo de rabia porque un perdedor, un puto que jamás se había animado a nada en la vida clamó como una mamerteada, una feria de giles a aquello en lo que muchos creemos fervorosamente y que es un gran orgullo y una gran responsabilidad aceptar esa causa como propia y llevar la bandera a todas las canchas. Los dos estaban muy limados, a cada rato Fernando retomaba las acusaciones “¡¿Y que golpeás la puerta como la policía gil?!”, recurriendo siempre a los mismos argumentos, volviendo siempre a las manos. Santos le seguía pidiendo que pare con los golpes, yo estaba esperando que se saqué y le rompa la cabeza, lo doblaba en tamaño, furia y noches ásperas en la calle.

Ya había armado la mochila y tenía todo listo para arrancar, estaba esperando que Santos se saque y lo rompa, pero en ningún momento pensé o pude esperar que la pelea fuese a desarrollarse como se desarrolló. Santos venía soportando estoicamente la paliza recibida, quizás porque sabía que le estaban devolviendo un cheque sin fondos que él había firmado. Lo que sucedió luego nadie lo comprendió mientras sucedía, quedamos estupefactos. El artesano lo tenía inmovilizado en el suelo bajo una catarata de patadas cuando, en un solo movimiento, Santos lo manotea de las patas y mientras Fernando caía levanta un envase, infaltablemente depositado junto a su colchón, se lo rompe sin dudarlo en la cabeza y como si en los laberintos de su mente hubiese sido esa la única continuación lógica al botellazo en la cabeza le clava el pico en la garganta.

Fernando estaba tirado en el piso, nunca había visto algo así, la sangre le salía a chorros por la herida abierta en la garganta, por la nuca y comenzó a salirle también por la boca. Tenía un charco inmenso de sangre encima y alrededor, decía entre gárgaras de sangre “Boludo” “Boludo que hiciste”, se le entendía que quería decir eso. Estiraba su brazo en mi dirección, su mirada reflejaba una desesperación tal, tan desgarrada que se hace imposible de explicar. No me acerqué, no pude hacerlo. Nahuel se había despertado por los gritos, pero cuando se acercó creo que ya Fernando estaba muerto.

Santos estaba sentado en su colchón, ido, mirando quizás comprendiendo quizás sin comprender la escena. El artesano muerto en los brazos de Nahuel, sangre por todos lados. Nahuel gritándole “¡¿Qué hiciste, enfermo de mierda, que hiciste?!”. Santos los mira, mira hacia su mano que todavía sostiene el pico ensangrentado de la botella. Lo deja caer, lo mira a Nahuel, me mira, dice “Loco hice cualquiera” y después dice “Esperen media hora para llamar a la policía. A éste no lo vamos a revivir, digan que los estuve amenazando con un fierro y que por eso no llamaron antes”. Al momento de terminar de decirlo junta la ropa que no había quedado manchada de sangre, mete los libros y la ropa en la mochila del artesano. Se fue. Quedamos unos minutos en silencio, observando como el rostro y los gestos de Fernando se iban aclimatando a la muerte y llamamos a emergencias. Me tuve que quedar un par de días más en Posadas, declarando. Una vez en el colectivo a Resistencia, veía la ciudad por última vez, una tarde de lluvia, arrepintiéndome más que nunca de no haberlo cagado bien a trompadas cuando tuve la oportunidad al pobre gil de Fernando.


1 comentario:

Jul dijo...

me encantó! besos!