sábado, 16 de abril de 2011

Morder

Mística siempre había sido una persona rara, sociable y solitaria a la vez. Un accidente de autos en el que perdió una pierna había marcado el rumbo de su infancia y de su vida adulta. Cuando iba a la escuela los chicos se burlaban de su prótesis, ya de grande la gente acalló sus burlas, pero les era ser posible ser indiferentes a su condición. A pesar de eso el tiempo la convirtió en una mujer hermosa y decidida. Jamás se dejó abusar por nadie, y eso fue quizás lo que un día, el día de hoy, la dejaría a merced del poder judicial, donde el golpe mortal de un martillo la sentenciaría a desvanecerse entre las sombras de una prisión estatal.

Era jueves y llovía intensamente. Mística se dirigía al juzgado. Para darse coraje ingirió media tableta de ácido y un ribotril de 0,5 miligramos. Sintió que el agua de las calles la arrastraban, alejándola del peligro, se sentía una migaja de pan en las barbas de un universo psicosomático, se sentía el anticristo y la salvación. Sabía que la vida no iba a dejar de golpear con su pesado puño. Que los años en la calle, la necesidad de vender su cuerpo y su alma eran solo fracciones de una condena mayor, que pronto sus especulaciones más caóticas serían confirmadas por el juez. Que los abogados mezclarían la realidad (o su versión de ella), que robaba autos, vendía droga, que escuchaba Marylin Manson y los discos de Elton Johnn al revés. Irrumpe como un huracán en el sombrío reducto de la justicia de los hombres. Decidida a mostrar todos los dientes. Y si eso no alcanza va a morder.

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