domingo, 20 de marzo de 2011

Los payasos necesitan su hierba para reír

Me encontré con una chica en un bar, su rostro me resultaba conocido, ella cobraba la entrada. Sabía que la conocía pero en una primera instancia no lograba recordar de quién se trataba y porque me miraba extrañada. Tarde un buen rato en reconocerla, hasta que por fin lo hice y comprendí porqué me miraba como me miraba. La debe haber sorprendido encontrarme en sociedad, comportándome como una persona normal o decente (ambos términos pueden resultar hasta casi ofensivos. Se los puede agrupar en uno solo, doblemente ofensivo: normal-decente). La última vez que la ví yo había ido a su casa a comprar faso con un amigo. Lo inusual de la transacción era que mi amigo estaba vestido de payaso. Estábamos filmando una película sobre las aventuras marginales de un payaso depresivo que había sido echado del circo. Mi amigo tenía una peluca naranja, la cara pintada de blanco, la sonrisa roja, pantalones rosados, una flor de gomaespuma naranja y amarilla. Con el sol de las dos de la tarde debe haber sido una imagen bastante loca o grotesca o amable vernos atravesar el barrio sobre la moto roja y blanca de esas que arrancan a pedal. Bajamos y los perros nos ladraban. Los hijos de la mina le pedían a mi amigo que haga algún truco. No sabían que el payaso había perdido su nariz. La mina nos dio un veinticinco y un trozo de papel con el número de un celular anotado. Nos dijo “No vengan más, a partir de ahora llámenlo a él”.

No hay comentarios: