martes, 11 de enero de 2011

“No estoy solo, estoy aquí
con mi tarde triste y gris”
El reloj

47 horas de desidia


Hoy es viernes, un día de esa lluvia que para inicios de diciembre refrescaba una ciudad que ardía, se retorcía y gritaba llamándola. La lluvia traía también ese encierro necesario para reflexionar sobre la relación de uno con el mundo, la vida en general, la represión del martes en Villa Soldati, etcétera. Me encontraba sumido en el microclima extraño de la casa de mi amigo el momia, que desde la luminosa oscuridad de su sillón vomitaba un arte tan puro que le generaba a uno la grata sorpresa de descreer del hecho de que las apariencias reflejan algo, sino que son todas ilusiones que uno recrea influenciado por el conjunto de preconceptos y cabos sueltos que constituyen nuestra estructura mental vigente, yo lo había visto regresar la noche anterior, mamado hasta el tuétano, y lo había visto despertar roto para comenzar a romperse, como si fuese ésta una condición inherente al estar vivo.
Comenzamos entonces a rompernos, yo porque el tiempo siempre se me escapa y lo siento constantemente descargando sus latigazos en mi espalda, el momia porque es el momia y vive en una casa cuyo aire viciado adormece a sus dos gatos y en donde una planta no lograría sobrevivir más de dos o tres días.
Quería hablar con ella, pero me separaba una distancia abismal, como del resto del mundo. Hay días que solo pueden ser vividos en un agujero mohoso, más ido que nunca, más en contacto que nunca. Todo parece indicar que este siglo tampoco voy a encontrar unas manos cuyos dedos se deslicen por mi espalda una mañana recorriendo nada, no buscando encontrar nada, nadie que me regale un poco de sexo para sentirme menos sucio. Pasó la tarde, pasó la lluvia, y no hablamos. No se sí volveríamos a hablar algún día. Viendo un poco las cosas a la lejanía no lograba distinguir si realmente habíamos encontrado algo especial. Vuelvo a descreer de las percepciones, esta vez sin asombro ni alegría.
A medida que avanzaba la tarde comenzaron a desfilar por lo del momia distintos proveedores de las distintas maravillas modernas con las que anestesiar el rato. A pesar de la normalidad que para nosotros representaba la lenta y progresiva autogestionada destrucción hoy iba a ser uno de esos extremos que nos demuestran que no hay extremos, la cuestión es redonda como la tierra. El arte no es arte, es mucho más que eso, es la vida. La vida no es tanto, es mucho más simple. Y el rock, tiene su lado poco glamoroso. Vino el puntero de pepas. Le compramos una planchuela de 25 entre tres. Con pepa, si no sos del palo (entendiendo por palo en este caso a cualquier persona que haya consumido o estado en situación de consumo del producto) no nos referimos a las galletitas con dulce de membrillo que se comen con el mate, sino a LSD o ácido. Entre nuestras drogadictas costumbres prepondera circando el fin del lapso arbitrariamente concebido como año entregarnos al desenfrenado placer de la experimentación lisérgica. El ácido, don, doña, lo pone a uno como a bugs bunny un campo de zanahorias sin cazadores ni patos charlatanes a la vista.
El momia se mandó media pepa, estaba con fiebre, le ardía la garganta por la infección que una hembra (yo hubiese dicho una de sus novias, él a sus novias les dice hembras) pero estaba más allá de las aflicciones terrenales. Decía estar triste por un abandono y que tenía un bebé muerto que era hijo suyo y de una mina que se cogía y que quedó en el cuarto porque no se animaba a tirarlo a la basura. Eso vendría a explicar el nauseabundo hedor a descomposición. Sino, era el momia que se estaba pudriendo. Yo le entré a un cuarto, dosis standard, que sumado al ingerido dos días atrás en la FLIA (feria del libro independiente y autogestiva, anárquica, amiga…) se reactivaron como media o más. Pasamos toda la noche encerrados en nuestra psicotrópica condición y extensión. Pintando de locura las paredes de aquel apestoso y nocivo reducto. Tomando whisky natural. En la casa de los vecinos de arriba se desarrollaba una novela de las más burdas y repetidas en los canales de la clase media baja de capital y el gran buenos aires: el pendejo de unos catorce años fuma paco y anda re zarpado todo el día. La madre grita, una pendeja grita, todos gritan y dan portazos. Todos gritan y dan portazos, hasta las cuatro, cinco o siete de la mañana que cae el pibe dado vuelta a los portazos y se encierra en la pieza a seguir gritando.
Pink Floyd, luces tenues. El momia la llama a su ex novia diciéndole que la va a matar. Vinieron algunos de nuestros amigos y alguna gente más a comprar. Todos se terminaron yendo al comprobar que manejábamos un estado más que intenso y que las mariposas mentales podían tener alas negras que envenenaban al contacto. Nunca me escribió. El momia estaba en el horno, hablaba que en caso de su deceso me haga cargo de los gatos. Por supuesto, a un artista de esa calaña el arte se le suele ir al carajo. Me tiré en la catrera viendo la imagen de A., ahora más lejana e inalcanzable que todos estos días, casi deseando no verla hasta verla. Al cabo de un rato me levanté y fuimos al barcito de la esquina a jugar al pool y tomar una birra. En medio de una jugada el momia, que se venía quejando cada vez más de la fiebre, el dolor de garganta y ahora de espalda, se metió al baño con un viejo mamerto que había llegado hacía un rato y a quién el drogadicto horrible de mi amigo le había sacado la ficha de que estaba tomando merca. Salieron después de hacer lo suyo y se instalaron en una mesa a chamuyar. El viejo lo apalabraba, lo trataba al momia como si lo conociese de mucho tiempo, no se le entendía un carajo, arrastraba las palabras y las masticaba al punto de que estas se confundían con un gruñido. Cada tanto se alcanzaba a distinguir que decía “la vida es sinuosa” y “vos tenés cara de buena gente”, se equivocaba en al menos una sino en dos de aquellas afirmaciones. Le pedí las llaves del bulo y me fui a dormir.
A las ocho de la mañana suena el timbre, busqué las llaves por largo rato, intentando no tocar más que lo indispensable en aquel foco infeccioso. A través del cristal templado de la puerta de entrada se distinguían las figuras de tres o más personas, una de ellas el momia. El momia tenía la cara hundida, lo acompañaban dos de esos personajes que solo un personaje como él puede juntar de confusas dimensiones paralelas para roquearla. Y, con la pinta de enajenados mentales y sociales que manejaban, lo primero que tendí a pensar era que le iban a roquear la cola. El momia suele develar sin que se le pregunten los detalles escabrosos de sus andares, contó que eran metaleros y que los había conocido en el quilombo al cual fue con el viejo y con quienes se había aventurado hasta los pasillos de una villa de Flores en busca del medicamento para la sucia existencia. “Son gente de bien” supo decir el momia “los metaleros son lo más bueno que hay”.
El dueño de casa puso Almafuerte al taco, juntó del patio un espejo roto con un poema escrito con lapiz labial, caca, sangre o caca con sangre para tomar sobre el. Luego se pusieron a fumar la merca en una pipa de lata. Preparé el mate y me armé un faso. Regulando, intentando comprender cosas que quizás nunca comprenderé. Hablaban de los mismos temas una y otra vez, como en una caricatura del limado nacional y popular. “El 25 toca Almafuerte, con Vox Dei y Reloj” “¿y esos quienes son?” “¿quienes?” “reloj” “son uruguayos…” “¿quienes?” “reloj” “ah…”. Escuchaban el tema que estaba sonando y llegando al final alguno decía “El 25 tocan” y repetían la conversación. Nicolino Roche un poroto. A la una y pico se fueron los tres calaveras, enfilaron rumbo al horizonte, cantando metal nacional, posiblemente a conseguir jeringas y aguarrás, o volvían al cementerio a descansar para la próxima conga, con la satisfacción de haber cumplido. A las dos de la tarde ella llamó.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Una pelicula que te puede interesar

http://www.youtube.com/watch?v=UW8lkCik13E


Saludos ivan.