jueves, 18 de noviembre de 2010

El ángel del pogo

Corría el año 2000. A pesar de todas las especulaciones llegamos, las computadoras no habían enloquecido y no nos asesinaron ni ellas ni los distintos métodos de control poblacional, aunque pensándolo bien nos tienen donde quieren, no modificamos el curso de la historia ni desestabilizamos ningún poder gobernante. Así que ahí estábamos, inaugurando el tercer milenio después de ese tal Cristo, en plena psicodelia quinceañera (en realidad teníamos 16, pero la clave de nuestra jovialidad siempre ha sido nuestra inmadurez). Los Picapiedras habían pasado de moda, Chiche Duhalde montaba un vikingo que había conseguido a mitad de precio, los ula ula sacudían el mundo, a las vuvuzelas todavía les decíamos cornetas y Michael Jackson jugaba con niños juegos indecentes en su castillo. Era en el curso de esos locos tiempos que la marihuana llegaba a nuestras vidas. En ese entonces (cuando uno evoca este tipo de cosas se le nota que se va poniendo viejo. En eso y en la pérdida de cabello e ilusiones) la marihuana no era lo corriente en una población tradicionalista como la nuestra. Gente la fumaba, sí, pero eran los que hoy tienen treinta y siguen haciéndolo y viviendo con sus padres. Unos vivos bárbaros. Quizás todos nos creemos vivos o víctimas. Sería una forma simplista de ver la existencia quizás. Dejemos las metafísicas para más adelante. Por esas épocas locas de una sociedad que emulsionaba y que luego habría de estallar, llega a la ciudad la noticia de que venía la Bersuit, cuando todavía la roqueaban y representaban un bastión de la combatividad hacia los opresores: eran los tiempos del Libertinaje, y no lejanos los del Don Leopardo, de hecho, tocarían temas de ambos discos, anticipando en el medio algunos de Hijos del Culo, su álbum siguiente.

La primera vez que fumamos fue unos cuatro o cinco meses antes de recital, en el barco de un amigo, después de un asado. Era toda una aventura, ya lo habíamos hablado antes, con posturas a favor y en contra, pero de ahí al hecho había un paso inmenso y temerario. Así que en ese momento, un espíritu de temeridad se apoderó de nosotros y nos encomendamos como patriotas del mundo todo, dispuestos a descubrir nuevos espacios, pero no para poseer, para compartir, enarbolados con las nobles banderas de la experimentación y la psicodelia. Éramos diez de los que hasta el día de hoy seguimos siendo amigos, nueve no habíamos fumado nunca. El faso lo había conseguido Adrián, el dueño del barco, por medio de unos skaters más grandes que fumaban y que seguramente hoy siguen viviendo con sus padres. Recuerdo de ese momento la ansiedad, la caminata hasta el Club Náutico, era como si ya nos hubiese pegado, veníamos saltando y llenando el aire de millones de incoherencias. La vida de las personas está llena de frases, tradiciones, dictámenes que nos abarcan desde el comienzo de nuestra existencias, una que podría utilizar aquí es la de rebeldes sin causa: estábamos en esa edad en que no sabíamos contra qué nos revelábamos, pero sabíamos que nuestro deber era hacerlo. El escabio, la salida, la búsqueda de sensaciones eran por ese entonces nuestras humildes armas, y ahora se nos sumaba el querido faso. Sentíamos que algo andaba mal, y no queríamos ser parte de ello. Las humildes y sagradas armas primitivas que nadie te va mostrando. La búsqueda es interna, es bien sabido que la humanidad no sabe nada, por algo funciona como funciona. El barco se movía suavemente, iluminado por la luz tenue de una lámpara con pantalla verde, sonaba un cassette de los Cadillacs. Adrián picó el faso ante la atenta mirada de nueve personas que jamás habían visto a nadie picar faso, lo metió en una pipa pequeña de metal: arrancaba la ronda, me imagino que todos sentirían los mismos nervios que yo cuando le llegaba al de al lado. Tenía el sabor del paraíso, como chuparle los dedos del pie a un ángel, como fumarse una rasta de Jah. Algunos de mis amigos se hacían los que estaban voladísimos (incluso uno se agarraba las rodillas, se mecía como autista y parloteaba cosas que pretendían ser flasheras pero eran muy pavas), la realidad era que el faso no nos había pegado, generalmente la primera vez que uno fuma no le pega. Solo cuando estuve de regreso en mi casa, una vez en la cama, pude sentir el movimiento ondulante, como si siguiese en el barco. El viaje había comenzado. La segunda vez que fumamos fue con mi mejor amigo, yo había conseguido un faso en el colegio, era viernes y nos fuimos del boliche a las cinco de la mañana para pitar en las calles desiertas. Cuando lo fumamos, eso que se nos incita a creer como un proceso único, y que yo mismo (incluso en ésta obra), al igual que muchos de ustedes tenemos el descaro de nombrar cómo realidad comenzó a tomar formas inverosímiles, sentía como si viniese caminando en la luna, la ciudad se desdibujó, y fuimos transportados a un laberinto casi mental; mi amigo, por alguna extraña razón, veía policías en todos lados. Para la época del recital ya habíamos fumado cuatro o cinco veces, lo cual no quería decir que no hallamos tenido que caminar toda la tarde y gastar como cinco pesos, que en esos tiempos, mijo, eran mucha plata, o como le decíamos, biyuya. Cuando era niño, con dos monedas de a peso te comprabas un buey, y con cinco una esposa, claro, por ese entonces nadie quería una esposa porque estábamos todos enamorados de Xuxa. Significaba también el hecho de tener que conseguir el faso, comenzar a tratar con seres enajenados para abastecernos. Los drogadictos suelen ser bastante ratas, necesitan plata para los vicios y, como son drogadictos, no les gusta trabajar. Aunque, en honor a la verdad, se puede abogar a su favor que si hay algo que pega mal es trabajar drogado.

Para ese día la monada se había congregado completa (seríamos unos veinte) en el kiosco de Marcos, un gordo fanfarrón que se la pasaba charlataneando sobre sus numerosas supuestas conquistas. Se tomó la cerveza que la ocasión ameritaba: verano, rock, amigos, y la birra, por dios, costaba un peso. Si, un peso. Peso veinte las elegantes. Hay cosas que predisponen a otras: verano, rock, amigos y birra a un peso predisponen a la locura. La historia que les voy a contar es una de las millones de historias de locura juvenil. Y la locura juvenil desprende historias maravillosas, y no tanto, pero lo que sí a cada rato. Pum pum pum, como les daba el Gordo Marcos con su pijita diminuta a sus mujeres de fantasía, así le dábamos a la locura.

Esa noche Alejandro (ahora le decimos “El Finado”, ya que el muy careta se casó, se dejó lavar la cabeza por su jermu y nunca más lo vimos desde la fiesta en la que se celebró la maquiavélica unión y de la cual fuimos exhortados a retirarnos) contaba que venía viendo ovnis todas las noches desde hacía tres semanas, y de día desde hacía una. Decía estar convencido que mediante telepatía iba a lograr comunicarse con ellos. Esa noche Leo se robaba y escondía por el barrio cinco sillas porque el Gordo Marcos no quería fiarnos cerveza, delito por el cual Bruno era detenido y trasladado a la comisaría del menor. Esa noche, Juan Cruz, en el marco de una seguramente muy peculiar discusión con su novia se rompió un vaso en la frente para demostrar no me imagino qué punto y para hacerse el varón sufrido, fue al recital con la cabeza cubierta de gasas y una locura galopante producto de la ingesta de alcohol y la pérdida de sangre. Historia hay millones, constantemente sucediendo, y como no habrían de suceder aquella noche de juventud, verano, rock, amigos y birra a un peso. Llegamos a La Barraca, un galpón de principios de siglo frente al puerto, ebrios de juventud, deseos de roquearla y birra de un peso, cantando “Ole ole, ole ole ola, de la cabeza con Bersuit Vergarabat…”, años después, cuando a los bersuiteros ya les venía derrapando el karting hacía rato, sacarían con ese nombre un disco en vivo malísimo con un rejunte de extremo mal gusto que contenía los temas que más emocionaba y representaba a la superpoblada masa de monos domesticados coreadores de solos y recordadores de letras cursis que constituiría para ese entonces su audiencia. Terrible, igual, creo que es lo que le termina pasando a todos aquellos que rellenan el status de artista para sustentar su fama y así conseguir drogas y minitas. No es mal negocio, pero se debe carecer de toda integridad moral y artística. El recital no había comenzado aún, creo que estaba tocando una banda local, no recuerdo, fue hace como diez años. El otro día hacíamos el cálculo con un amigo, que a razón de dos fasos diarios promedio, en diez años habremos fumados unos 7.300 fasos. Suficiente que (casi) no me babeo y todavía se deletrear mi apellido.

Estábamos tomando una Marcela* y haciendo sociales o algo parecido, cuando David saca de su paquete de cigarrillos uno de los fasos y lo prende. Lo miramos asombrados: nunca habíamos fumado en público, era nuestro sucio secreto. Nicolás salió corriendo, no quería que su hermana, que estaba en el recital, lo viera en una ronda de faso. David rió y dijo reteniendo el humo para que pegue más “acá está todo bien, va a tocar la bersuit papá”. Era, además, la primera vez que en lo personal fumaba y escabiaba al mismo tiempo, y ese serían un factor determinante en la historia que, ahora que he dado un marco he de proceder a contarles.

En el momento que la locura estallaba como cuando estalla la locura que no puede ser contenida, comenzaban a sonar bombos, silbatos y platillos. Una exclamación generalizada de asombro y algarabía se abrió paso por sobre la multitud, que ahora se contorsionaba locamente al ritmo de la murga de los barrios porteños. Banderas de colores de fantasía se agitaban y bailaban como ahora lo hacía la gente en un trance que solo podría definir como de libertad absoluta, que se metía en nuestro cuerpo y lo desataba. Las primeras veces que incursioné en la sagrada alquimia de complementar hierbas y licores me pegó en forma desproporcionada y varias de esas veces terminé tirado en el piso dando lástima y posiblemente también asco, la primera, la más sagrada, el bautismo de fuego, no solo no habría de ser la excepción, sino que sería la más memorable.

La murga avanzaba enloqueciendo a la ya enloquecida muchedumbre, precedida por malabaristas y payasos dementes que escupían fuego por los ojos, terminaron por subir al escenario, desde donde nos hicieron bailar durante un lapso que podría haber durado una vida entera o veinte minutos, casi por primera vez siendo felices en ese mundo hijo de una gran puta que no nos entiende. Después de eso vino la bersuit, con todo el rock que las revelaciones espirituales se merecen. Tocaron todos los temas que estábamos esperando y también otros de los discos más pulenta de su pasado. La mística era como el aire. Lo cual no impedía que para estas alturas ya fuese una presencia macabra, aceitosa y libidinosa, que permanecía de pie casi por casualidad mediante una suerte de grotescos malabarismos que lo mantenían cercano a su eje de gravedad. Por supuesto, en mi rudimentaria conciencia de esas horas yo creía estar bailando con toda la onda, a punto de conseguirme una chica. Fue también por esas horas que la bestia a quien había llevado al control de mi cuerpo, mi propio Mr Hyde del pago, entraba saltando allí, donde los más recios también cobran. Era el rock, eso que te saca la cabeza y te hace vivir la vida como si todos los días fuesen sábado a las seis de la mañana, eso que te hace querer tirarle por la cabeza mi planta naranja lima al profesor que te lo dio para leerlo, eso que te hace vomitar y seguir escabiando. Extasiado por la locura del pogo, de la esencia del rock, su estado más puro, poseído por la mística más primitiva y extraña a ésta realidad, de repente vi las luces del escenario girando bajo mis pies, sobre ellos, escapándose, todo se escapaba y revolvía, caía como cae un árbol en su última tormenta, como un condenado que es fusilado frente a su tumba y ésta no tiene fin, era como caer en forma extremadamente lenta hacia lo desconocido, sentía espesísima la densidad del aire y su desplazamiento. Luego, la velocidad se multiplicaba segundo a segundo, y miles de seres sumidos en el profundo trance del rock saltaban sobre mi cuerpo. Cuando la visión de la masa roquera se me apagaba y yacía bajo millones de pies que me pisaban, surgió de entre la debacle una figura humanitaria que, como un bello ejemplo de la hermandad olvidada, la solidaridad que todas las personas, todos los pueblos, nos debemos entre nosotros para llegar el necesario fin de una sociedad justa y unificada, gritó, mientras se acercaba a mi posible cadáver “Paren che, que ahí hay uno tirado”. El monstruo había sido derribado, y me tocaba hacerme cargo de haberlo invocado. El oportuno rescatista junto con otra persona me levantaron de mi tumba, me llevaron a un costado del escenario y localizaron a mis amigos para que se hagan cargo del mamerto con el cual se juntaban. Hoy día sé que yo hubiese hecho lo mismo, ese tipo de actitudes contagian. Por supuesto, una, dos marcelas más hubo que tomar, y hubo que seguir bailando. Ustedes saben como es la cosa.

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* N. del A.: La Marcela fue una multipoderosa bebida de fabricación entrerriana elaborada a base de yuyos místicos de propiedades curativas cuya producción fue detenida circando el año 2008 presumiblemente debido a la presión ejercida por políticos, militares y la iglesia porque revolucionaba al pueblo y lo psicodelizaba muy bien.


3 comentarios:

Sofi dijo...

Seguis escribiendo maravillosamente, pendejo...

Anónimo dijo...

Genial, me retrotrajo a épocas que nunca viví


Saludos ivan

Tinta China, Cooperativa de escritores dijo...

Puedo dar fe de los eventos aqui relatados, puedo decir que sucedieron aunque no me pidan detalles en lo mas minimo... mientras vos estabas tirado desmayado en el piso, yo tocaba un infinito solo de guitarra de aire. De hecho, nunca vi la banda ni el recital, me la pase con los ojos cerrados, flasheando que el que estaba en el escenario era yo, y probablemente haya sido cierto...
Muy bueno vieja, muy bueno! Aunque no todo en la vida son flores... el final no me gustó! Te voy a bajar todos los dientes la proxima vez que te vea!