lunes, 1 de febrero de 2010

En el quilombo con el Rey de la noche

A Vampiro lo conocí unos diez o doce años atrás, en la época del secundario, por un amigo en común, aún cuando se le conocía por su nombre cristiano: Ezequiel Ramírez. Era un flaco alto, desgarbado, inteligente, con esa mirada y esa inquietud violenta que brilla tras los ojos de las almas sensibles llenas de dolor, escuchaba música punk y se cagaba a trompadas casi todos los días. Siempre tuvo una gran capacidad para no sentir dolor. Creo que a finales del colegio se le empezó a conocer en la ciudad como El Vampiro, por una historia de cómo se cobro con un chorro y toda su familia un asunto del cual jamás nadie sabría mucho en concreto, algo relacionado con la sobrina de esta persona.
Andaba siempre dado vuelta, haciendo bardo, poniendo el pecho, su fama y una infinidad de historias fantásticas le precedían. Historias de drogas, mujeres, prostitutas, borracheras increíbles. Su ocupación era el tráfico de drogas varias y medicamentos, la falsificación de recetas y otras que no vale la pena traer a colación. Siempre se juntó bastante con nuestro grupo de amigos. Me imagino que porque somos gente relativamente tranquila, ninguno toma pala, somos de charlar bastante, que se sentiría protegido de la vida que lleva en las calles. Ahora se lo ve poco. Anda con unos malandras de su barrio y se quedan encerrados allá arrancándose la cabeza.
De día no era mal tipo Ezequiel. Se podían mantener conversaciones profundas con él, aunque siempre de su parte, con un trasfondo de tristeza. A partir de las siete, ocho de la tarde, comenzaba la metamorfosis, aparecía, a veces con tan solo mediante un botón que pareciese ser oprimido en los procesos de su mente, aparecía El Vampiro, y se volvía intratable.
Un par de semanas atrás me lo encontré en la plaza del centro, a las diez de las mañana, de traje y lentes oscuros. Transpiraba tensión cada uno de sus gestos. Se notaba que no había dormido en uno o dos días. Arrastraba las palabras y su presencia emitía un intenso olor a cerveza y whisky.
Me dijo de juntarnos un día, por las viejas épocas. Por supuesto le dije que sí, yo lo quiero mucho a Ezequiel. Pero me conozco, el siempre propone las mismas cosas, yo ya estuve caminando muchos años por la sombra, es para cagadas. Cuando te gusta, te gusta. Le dije que sí, con la condición de que no tome delante de mí, que no me invite a tomar, que no hable de pala ni traiga a colación cada tres minutos las historias de cuando andábamos duros. “No hermano, nos vamos a mamar bien mamados y a fumar unos caños como unos campeones. Vos sí que sos un amigo, negro”. Quedamos en encontrarnos esa noche para ir a escuchar unos tangos en la confitería frente a la plaza.
Llego a eso de las once y ya estaba ahí, iba por el segundo whisky. Cuando me vio dijo en vos alta “acá llega un campeón” y me abrazó efusivamente. Entre whisky y whisky charlamos sobre las viejas épocas, sobre libros y sobre mujeres. Para las tres de la mañana el lugar estaba vacío y los pocos empleados que quedaban estaban levantando las sillas y barriendo el salón.
Habían pasado unos veinte vasos por la mesa. Pero una ansiedad existencial exigía a estas personas una continuación, hay que seguir buscando, la búsqueda nunca termina, y menos hoy. El Vampiro arrojó sobre la mesa las palabras que siempre a esas horas arrojaba: “Ahora nos vamos para la escuelita”.
Su compañero se opone en primera instancia, a lo que El Vampiro le replica “Nos tomamos una birra y cortamos. No me vas a dejar solo ahora hermano”. Y no, no lo iba a dejar solo.
Una vez en el auto, El Vampiro lo convence de hacer escala en lo de un transa para abastecerse de una bolsa, que terminarían siendo dos. Así que se meten en un barrio de la periferia donde había que moverse discretamente y si te apuran soltar todo y pedir perdón. La merca era una porquería mal cortada que los mantendría rabiosos y enroscados hasta el día siguiente. Llegan, luego de recorrer doce kilómetros por un camino de ripio, al establecimiento donde se alquila lo más parecido al amor que dos trasnochados pueden llegar a conseguir a esas horas, en ese estado en que ellos se manejaban.
El Vampiro se pide una ginebra. Yo pido un whisky que bajo de un trago y me mando al baño, donde liquido la bolsa. Vuelvo al salón, una chica me pide que le invite una copa. Le doy la plata y bailamos unos temas. El Vampiro conversa con un viejo merquero y mientras le besa el cuello a una mujer conocida como Cindy. La chica con la que bailo me dice “Ese de gorro, ¿vos andás con ese?”. Me río y le contesto que sí, suponiendo que como yo conocería un sinfín de sus idiosincrasias. Acerco su cuerpo, huelo de su cuello el aroma de una noche de trabajo. Me dice “yo le tengo miedo, cuando viene siempre está como loco y anda con una flaca pálida con cara de muerta que es rara como él”. Si lo sabré yo, le digo que no es mal tipo, pero que sí, está bastante loco. “A mi cuando me quiere agarrar salgo corriendo”. Suelto una carcajada. Lo miro al Vampiro que se acerca por atrás, con la mirada perdida y su inconfundible sonrisa siniestra entre los labios. Comienza a manosearla en la forma más repulsiva, el rostro de ella palidece y su cuerpo se paraliza infundido por el terror más profundo. Le digo “Aguantá Vampiro, que la estás asustando a la chica”. “Si es una puta”. Sabía que cuando arranca a comportarse como un gil, es el gil más insoportable. Al pedo, pero le expliqué “No loco, es una persona”. “Si es puta es porque le gusta”. Se la dejo pasar, pero el man sabe como hincharme las pelotas.
Chamuya un rato con Cindy y el viejo merquero y pasan los tres a una habitación. Me pido otro whisky. Al rato sale y me dice “Vení loco que nos la estamos enfiestando a la trola esta”. Sabiendo que me internaba en la meca de la degradación humana, entré y, como era de esperar, la escena rebozaba patetismo: estaba el vampiro en la cama haciéndose tirar la goma por esa puta horrible, el viejo en bolas peinando unas rayas gruesísimas sobre la mesa de luz, un olor nauseabundo proveniente de un vómito junto a la cama y de la junta de las secreciones de aquellos seres impíos. El Vampiro la agarraba a Cindy de los pelos y gritaba “Chupámela, chupámela bien puta” “Chupala que te gusta, puta”. Mientras le ensartaban la boca, Cindy me mira y pregunta atragantada “¿No te vas a desvestir papi?”. El viejo se toma dos rayas que parecían víboras, me invita a tomar. Embalado, me desabrocho el pantalón. Cindy se me prende como una vieja del agua a un caño oxidado. La trabajadora del amor comienza con lo suyo, el Vampiro la agarra de los cuartos y recorre con su lengua todo el cuerpo de la prostituta. El Vampiro metía sus dedos en una cantidad insospechada de orificios y se masturbaba frenéticamente. El viejo se mete en la cama y que hijo de redil puta mientras le manda mano a la mine me mira la pija el muy puto. Su pene oscilaba entre la semi erección y el patetismo de un cuerpo relleno de porquerías que no respondía a los estímulos. El Vampiro le escupe el orto y la ensarta sin contemplaciones, poniéndola a gritar como un chancho en el matadero. “Te gusta puta, te gusta que te haga el orto puta”. El Vampiro la defenestraba mientras Cindy estrujaba la pija muerta, horrible del viejo merquero. El Vampiro comienza a golpearla al grito de “Puta, te hago el orto bien hecho, te gusta puta, te gusta”. El viejo se hacía el que gozaba y me miraba la pija.
Luego de una secuencia de cuatro o cinco minutos de esa mierda, en la que los golpes crecían en intensidad, la pija del viejo estaba cada vez más muerta y los insultos eran cada vez más enfermizos y cada vez más cara de puto ponía el viejo, hasta que intentó tocarlo, el hombre que entrase último a la habitación, asqueado de lo que allí sucedía y del mundo en general, le descarga una feroz paliza al más joven de los dos que ya estaban y caga a cintazos al viejo. Se viste, sale, arranca su auto y, una vez en marcha, se jura que ésta es la última de sus aventuras con el personaje siniestro ese.







3 comentarios:

Anónimo dijo...

no se si estás más enfermo vos o el degenerado de tu amigo

Yorki dijo...

jajaja que bizarro. muy bueno

Dr. Ming dijo...

Excelente, acabo de darme cuenta que queda mucho por vivir.