domingo, 8 de noviembre de 2009

La libertad

Nicolás camina sin ningún apuro la tarde primaveral, con las manos en lo bolsillos va silbando un tango, pensando en situaciones del trabajo que lo oprimen profundamente, en como él se deja oprimir allí y la vida en general por un sistema amarrete.

Decide no pensar más en eso, ni en la soledad irremediable de cada uno de sus días, ni en el sinsentido de apariencias y preconceptos que constituyen las personalidades ni el trato frío y distante entre los humanos. No ahora, un día así de diáfano. Intenta poner en blanco la mente, disfrutar de la tarde radiante, sin apuro, observando los árboles. Nota con agrado como a medida que se acerca a su barrio pasan cada vez menos autos. Los pájaros cantaban enérgicos, a la hora del día que vuelven de buscar alimento. No entiende y entiende perfectamente porqué sale cada vez menos de su casa, solo para ir al yugo. Le alcanzaría con migajas, el vaso medio lleno, pero siempre está vacío.

Sueña que alguien o algo lo viene a recatar del vacío espiritual dentro del cual se desarrollan sus días. Pero no quiere pensar en eso, sobre todo porque a esta altura del partido sabe que nada puede hacer para cambiar la realidad, ni siquiera la suya: él ya es así.

Alguna vez sale con sus compañeros de trabajo. Siempre se juntó con gente con la cual no comparte mucho, salvo la soledad.

Piensa y sueña mientras camina en silencio, cada vez más rápido. Dobla la esquina, esa que siempre dobla a la misma hora, siempre pensando cosas parecidas: el trabajo, siempre el trabajo que cubre un vacío tan inmenso, en la incomunicación, los problemas de la familia, en la falsedad de mucha gente, en las mujeres que se fueron, en el ciclo tortuoso, en las posibles escapatorias a ese ciclo. En esa mujer, que le falta en la vida y en todo el cuerpo. En la existencia. En nada. Llega siempre el punto que muchas cosas juntas son nada. Siente que él mismo no solo por caminar, peinarse, hacer sombra, hablar, tener teléfono y domicilio fijo sea algo, y siente incapacidad, de solo pensar que tiene que llenar ese espacio. Su nombre, sus características y la falta de ellas, la existencia de un porvenir, todo lo desalentaba.

Tiene treinta y dos años y demasiadas más preocupaciones de las que puede manejar. Piensa en el día de su muerte y en cuantas cosas verdaderamente significativas hizo en su vida, no siente orgullo por nada de lo que es ni de su pasado, por ninguna aptitud en particular. Se avergüenza de no haber intentado muchas cosas, la mayoría de las cuales nunca se cruzaron por su mente y otras en las que se dejó abatir ante la posibilidad de un fracaso. Está cansado de tanto dolor, no consigue la forma de dejarlo atrás ni de sustentarlo.

Siente que la historia de su vida no cierra: tuvo principio, va a tener un final, pero entre esas instancias el desarrollo de los sucesos ha sido y seguirá siendo llano, aburrido, sin sobresaltos. Si fuese una película cualquier persona (él incluido) cambiaría de canal a los diez minutos de comenzada, a nadie le interesan los perdedores. Soñaba con despedazar esas cadenas que lo ataban a una existencia mediocre. Pero la mediocridad estaba tan presente en su ser y su ser tan amoldado a esa mediocridad que le era imposible siquiera concebir alternativas a su vida miserable.

Había llegado a su casa haría media hora, se preparó unos mates y se sentó a tomarlos junto a la ventana. Mirando la calle pensaba con tristeza que hoy tampoco supo disfrutar de la libertad, de los pájaros, el viento y el sol. Observa la gente que pasa y se pregunta sin poder responderse cómo harán los que sonríen, los que cantan, los que caminan despacio. Y el mismo sonríe, casi sin darse cuenta, porque sabe que la libertad existe ahí afuera, un día se van a conocer en una esquina y ya no va a necesitar el disfraz de solitario para sobrellevar la existencia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

largá la droga mostro!

El negro maderfáker dijo...

ésta te voy a largar a vos gil