miércoles, 11 de junio de 2008

Casa de Posadas

Siempre supe que mis muñecos
iban a sangrar si los rompía.
Y que de noche despertaban
y salían a cazar grillos al patio.
En ese entonces no parecía mágico.

Cuando miro atrás nunca los veo,
constantemente olvido recordar.

Olvido la mirada perdida de mi abuelo,
su voz hilvanando historias en el aire.
Olvidaba ya como me gustaba escucharlo,
olvidaba también cuánto lo extraño…

Olvidaba mis árboles y los universos
que jugaba a imaginar entre sus copas.

Que por ese entonces solo deseaba
ser como mi padre, el hombre que era más fuerte
que el resto de los hombres juntos.

Y mi mamá era la más pura
de las hadas del bosque.

Los tiempos cambian, por estos días
el oso Pumpi experimenta los efectos
de la descomposición, en una caja
de algún rincón del ático.

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