jueves, 14 de febrero de 2008

¿Sabés quién habla?


- Hola...
- Hola
- ...
- ...
- hola, ¿sabés quién habla?
- Hoola, ¿Beti? ... Ah. Que hacés, tanto tiempo.
- Pero bien, con algunos asuntitos, ya te vas a enterar. ¿Y vos cómo andás, lindo?
- Pero muy bien gracias a Tatita Dios y a Bob que nos canta desde el cielo.
- Aja, me parece muy bien, ¿y tus cosas?
- Pero bien che, en el campo, trabajando duramente la tierra de sol a sol, cosechando el cogollo del amor. Ahora descansando nomás. Tocando la guitarra, todo bien. Y que se yo, un poco de lo de siempre –
Intuyendo que se venía una como la que se estaba por venir, se vino nomás:
- Ah, que bueno lo de la guitarra, podés ir aprendiéndote canciones de cuna.
- Pero que comentario tan extraño, aja... si...
- Igual, me gusta Bod Marley.
- No metamos a Bob en esto.
- Me tenés que pasar a visitar un día de estos...
- Si chinita, cuando le cargue unos pesos a la Zanella.
- Bueno. Te dejo. Acordáte. Besitos.
- Ok, nos veremos entonces.

El man deja el tubo del teléfono y decide borrar sin esfuerzos la recién acontecida conversación de su cabeza, regresar a sus asuntos místicos. Jamás la visitaría.

O´Connor tiene una vida bastante copada, ha vuelto a su ciudad natal, una apacible localidad entrerriana, luego de diez años, en los que anduvo por Europa, Centroamérica, Brasil y Misiones entre otros lugares, no tenía mucha plata, pero jamás le faltaba tampoco, y ahora había vuelto, con sus veintiocho años y su postura cheronca hacía la vida se sentía un guacho terrible, esta por sacar un disco con su nueva banda, ya estaban los afiches empapelando la ciudad, en la foto el loco salió parecido a Jimmy Hendrix y los músicos parecían mafiosos sicilianos, que guasada pensaba O´Connor. Iba todo viento en popa, pero algo le hinchaba las pelotas en forma soberana, algo que, o no sabía lo que era, o por ahí se acordaba y lo reprimía, y seguía pateando el feto-problema para varios meses más adelante.

“Decíle que se haga un ADN, que a vos no te lo encaja así de sopetón”, le aconseja un amigo en una velada de fiestonga. O´Connor Yeah responde que su hermano le comentó que un estudio de esos cuesta más que un aborto, y, llegado el caso, bromeó, la iba a cagar a trompadas el mismo, para enmendarse. Ambos rieron, pero a su amigo le pareció que lo decía bastante en serio.

O´Connor curte ahora onda depre, y por eso se da con todo lo que le pueda hacer algún mal a su físico o su estado mental, anda en cualquiera y perdió de vista la estrella que lo guiaba. Pero después de un par de semanas en la miseria se levanta y vuelve al ruedo. Presenta el disco con una muy buena aceptación del público. Sale todas las noches a cazar chiquitas. Trabaja en el campo algunos días a la semana, esta a pleno explorando el loco universo del Reggae Espiritual. Y nada, intentando seguir siempre el camino del buen Jah hacia el Monte Zion.



O´Connor conoció a Betina (ella se hace llamar Beth) en el bar punkie de la ciudad, tenía diecinueve añitos pero parecía menos y eso al pajero este le hacía más que estimulante la situación. Un amigo se la presentó, charlaron toda la noche, el la sedujo con su swing natural y su brillosa melena, ella se dejo seducir, bastante fácil, y a O´Connor lo ponen como una moto las chicas que les alcanza con poco. Incluso creyó que podían llegar a una relación o algo así, pero no, la piba resulto ser bastante aburrida e incluso quizá desequilibrada y potencialmente peligrosa, lo cual la hacia una buena amante a la que había que darle moderada charla.

Ella le dijo que cuando no estaban juntos leía sus poemas y se tocaba pensando en él. Él a su vez, se masturbaba pensando en esa situación. De todos modos pronto dejaría de llamarla o de atender sus llamados.

O´Connor no quería hacerse cargo del supuesto bebé de Beth por varios motivos: su bien más preciado en esta vida era su libertad, el hecho de que nada lo ata y tiene la posibilidad de elegir cada nuevo día lo que quiere para su vida, que vuela libre sin dejarse absorber por el sistema de Babilonia. Y a un hijo no se lo puede dejar tirado o con hambre. Tendría que trabajar mucho, tener un hijo con una mujer que no ama, a la que ha llegado incluso a aborrecer. Y ese era solo el primero de los motivos. El ya sabía que la cachorra esta se acostaba con uno de sus cuates, pero eso no le molestaba, en todo caso lo de ellos venía antes que su asunto con Beth. Además ella le jugueteaba a cuanto bulto se la encaraba. Estaba seguro que tenía uno o quizá dos amantes en las épocas en que ellos tenían sexo, a veces se aparecía con chupones y olorcito a Axe en la ropa. Todo esto lo cual, extrañamente, lo ponía a O´Connor como una locomotora. La cosa es que un día O´Connor estaba en su cama preparándose para dormir y se da cuenta que no estaba solo. Sintió pequeñísimas patitas jugueteando sobre sus piernas.

O´Connor no quería por nada del mundo que le suceda lo mismo que a sus padres: quedar atrapado en un matrimonio sin amor. Todavía tenía mucha batalla por dar. O´Connor se resistía a crecer. Era demasiado rebelde para toda esa mierda de ser padre y un fukin´ burgués sin expectativas de alguna vez dejar de serlo. La iba a llamar y a decirle que le pagaba la operación y que se lo haga extirpar.

Pero no lo hizo. Cabía la posibilidad, la muy posible posibilidad de que ese ser no haya sido concebido por él y que se lo quisiesen encajar. Podía ser de su amigo Toxi, o de Paco, el hermano de Toxi, o de cualquier vago de cualquier esquina. No lo iban agarrar de gil.

Sentía los bichitos, todo el tiempo, esté donde esté pensaba únicamente en bichitos, los sentía caminando en sus piernas y en la zona púbica, los sentía alimentándose de su sangre, malditos parásitos, los escuchaba riéndose de él. Pensaba enfurecido que la perra que le llevó la peste a su hogar jamás debería ser la madre de un hijo, y muchísimo menos del suyo. El sabía que podía ser suyo. O´Connor recordó que la madre de un conocido tuvo sarampión y este nació algo retardado, lo estremecía imaginarse un hijo defectuoso e imbécil parido de una perra callejera y sarnosa, y con un padre de neuronas quemadas que no recuerda cómo atarse los cordones. Pensaba que si la perra le había transmitido bichitos, tranquilamente podría haberle transmitido el bicho más peligroso, el que carcome el sistema inmunológico.

O´Connor esta que trina, no quiere perderse de esa fiesta interminable que es la vida despreocupada, no quiere bajarse de la cresta de la hola, no quiere, no quiere...




O´Connor Forever. La leyenda fiaca continúa


Llegado cierto punto, O´Connor no pudo más con la intriga, y eso que no era un tipo que se preocupase demasiado por nada, pero el asunto lo estaba absorbiendo, andaba nervioso e inquieto, se dio nuevamente a los vicios, ya no disfrutaba de las cosas que otrora lo hiciesen sentir completo. Escribía canciones atestadas de paranoia y rencor que hablaban de asesinar a la putita que se acostaba con todos y que después te quería encajar un hijo. Los bichos se le habían subido a la cabeza. Así que finalmente atendió uno del torrente de llamado que Beth (o cualquier otra persona, pues ya jamás atendía el teléfono) hacía a diario. Le dijo “ah, hola Beth, que sorpresa, si, la verdad… tanto tiempo. ¿Qué tenés algo para contarme? Aja ¿bueno o malo? OK, mejor paso por allá. Bueno, si, besitos a vos también, nos vemos en un rato”. O´Connor corto preguntándose que mierda tendría esa perra sarnosa para contarle.

O´Connor recorre la calle Suipacha en su Zanella tuneada, no piensa en nada, solo contempla el paisaje que va dejando a sus espaldas a toda velocidad, el viento le pega duro en los ojos, haciéndoselos enrojecer un poco más aún, su brillosa melena se sacude generando una estela de locura tras el paso del titán de la motito.

El viaje hasta lo de Beth se le hizo eterno y sentía que oscurecía más y más a medida que se acercaba a su destino final. Quizá se debía a que se detuvo tres o cuatro veces a reflexionar asistido por los efectos narcóticos de la oración rastafari, y colgó imaginándole formas locas a las nubes. Había una que se parecía a Darth Vader y le dijo “O´Connor, soy tu padre” “largá el fasito, hijo mío, que te está limando”. “Que mal viaje” pensó O´Connor mientras arrancaba la motito y se disponía a seguir su travesía. Cada metro que se acercaba a lo de Beth sentía que era un metro más cerca del final de su vida.

El destino era ese algo inevitable, ese algo necesario, como cuando uno apesta pero sigue evadiéndosele a la ducha. O´Connor apestaba y no quería bañarse.
A medida que se acercaba su corazón golpeaba como un bongó africano enloquecido. No lo inquietaba. A menudo lo sacudía de sorpresa algún ritmo exótico. Se sentía como un niño llegando a la selva tropical. “Que buen viaje” flashéo O´Connor en voz alta, musicalizando su delirio cósmico con una canción de los Doors.
Cuando llegó, Beth lo esperaba sentada en un sillón en el frente de su casa, estaba tejiendo unos escarpines en compañía de su madre, que le cebaba unos mates de té, esta lo saludó y luego, tras un gesto de Beth desapareció dejándolos solos para tratar sus asuntos.
Se sorprendió a si mismo saltando de la moto en movimiento y corriendo como tarado hacia ella. No tuvo tiempo de reparar en sus acciones. Se sorprendió paradote, mirándola como un tonto enamoradísimo, besando suavemente sus labios, como en un amor que había sido interrumpido tan solo unos segundos.
Beth estaba distinta, hacía más de dos meses que no se veían, ninguno dijo nada en principio, solo se besaron tiernamente. O´Connor se sintió muy bien
“¿Cómo andás Beth?” pregunto sinceramente O´Connor. Al man le cayó la ficha. Recordó como un flash o un cañonazo de fogueo una escena lejana de sexo loco y eyaculación irresponsable.
Sonrió de costado. “Capaz nomá y el bebe me rescata”. Siempre se había imaginado a sus treinta gordo, ojeroso, con una calvicie inminente. A este flash le sumó una de esas mochilitas con un bebe. De una. A las minas les caben los padres. ¡Seeee!
Charlaron largo rato. O´Connor la flashéo rebien. Le contó a Beth que dejo la pachanga y empezaba a empezar a buscar un trabajo en serio. Se despidieron. Volvía a su guarida en una nube de ensueño cuando despertó al costado de la ruta, ya de noche. Había olvidado la moto en casa de Beth. Había caminado ya más de dos kilómetros. En sentido contrario a su casa.
Cuando llegó a lo de Beth la moto no estaba donde la había dejado. Tocó timbre y ella le abrió por el garaje, donde lo esperaba la bramante Zanella Tuning. “Que loquito” se burlo cariñosamente Beth. Charlaron entonces un rato más embelezados por las circunstancias. Quedaron en encontrarse esa misma noche para recuperar el tiempo perdido.
Besitos, besitos, y O´Connor emprende la retirada. En el viaje de vuelta flashéo aún más que en el de ida.
Seis meses después O´Connor y Beth se casaron en el campo, en una super fiesta que duro dos días y que tenía como temática los años setenta. Se los veía mayores. O´Connor repartía su tiempo por ese entonces entre su nuevo oficio de pintor de brocha gorda y las carreras de moto para aficionados. Beth dedicaba sus días a los cuidados de O´Connor Chico, poniéndose cada vez más rellenita, lo cual pone a su hombre como una moto de carreras. O´Connor fisuró a las veinte horas de comenzada la fiestonga debido a la mezcla criminal e irresponsable de bebidas etílicas. Beth lo acostó y lo arropó. Inconsciente, vomitando, ella lo vio feliz. Como que la vida de casado le sentaba muy bien. Y volvió a la fiesta. A divertirse por los tres. El pibe iba a ser, sin duda, bastante roquero.

1 comentario:

El Circulo de la Flor dijo...

Tremenda la historia de o'connor!!
y la del gaucho malevo !
Adrian!