jueves, 14 de febrero de 2008

Las lluvias en el litoral


Las lluvias comenzaron en el Litoral argentino a principios del 2007, y se prolongarían por dos años y nueve meses. Comenzaron como cualquier lluvia de verano, un martes como tantos otros. Nadie se sorprendió durante el primer mes. Por el contrario, fue tomado como un alivio generalizado luego de un semestre de sequías. La tierra estaba resquebrajada y las grietas eran tan profundas que absorbían el agua con la misma intensidad con que caía del cielo. Pero luego de los primeros meses comenzó a acumularse en la superficie, causando estragos en las plantaciones y llevándose las vidas del ganado como mariposas despedazadas por un huracán. Empezó un día como cualquier otro, como cualquier lluvia, y luego no paró. La gente fue tomando con cada vez menos sorpresa la aparición de hongos que llegaban a tener el tamaño de una mesa y luego estallaban, cubriéndolo todo de esporas; helechos gigantescos y enredaderas interminables que convertían en junglas los patios de las casas y sus interiores. Llovió de todas las formas habidas y de varias nuevas. Llovieron gotas gruesas que golpeaban con estrépito los techos, gotas finas y gentiles, llovió de un costado y del otro, del Norte y del Sur, llovieron piedras del tamaño de huevos de dinosaurios, llovieron perros y gatos. La gente ya no pudo salir de sus casas, las calles de las ciudades se convirtieron en ríos y las de los pueblos en pantanos. Al cabo de unos meses comenzaron el desabastecimiento y los saqueos. Luego del primer año ya nadie se preocupo por salir a trabajar. Fue por esos tiempos que dejaron de funcionar los servicios eléctricos y el teléfono. Solo la radio establecía un contacto remoto con el mundo, mientras afuera llovía como si no hubiese llovido en doscientos años.
En el resto del país también eran épocas desastrosas, el Norte era arrasado por tifones y tormentas tropicales, además de un nuevo tipo de tormenta, en la que no llovía y se sucedían en forma constante descargas eléctricas y truenos que duraban semanas. El Oeste era constantemente sacudido por terremotos que superaban las escalas vigentes hasta entonces y que terminaron por separar la Cordillera de los Andes del resto del continente, dejando una fosa abismal que se decía no tener fondo y de donde emergían las lúgubres voces del mas allá. Una capa de hielo cubrió el Sur y su vegetación, los vientos traían del mar un salitre que al respirarlo disecaba en el acto toda las formas de vida. Las islas del Sur desaparecieron con la subida del Atlántico, como consecuencia del derretimiento de los Polos, así como gran parte de la costa y el Uruguay. El resto del territorio nacional era asolado por una voraz sequía, los bosques se incendiaban, la gente se carbonizaba caminando e incluso podían escuchar el sonido de sus propios cerebros derritiéndose.
El panorama en otros lados del globo no era mas alentador, Oceanía había quedado sumergida bajo el océano, así como gran parte de Asia y Europa; el Amazonas estaba incendiándose desde hacia cuatro años, el Norte de Sudamérica había sido tapado por el humo y todos los pobladores muertos asfixiados. Los más poderosos ciudadanos europeos y norteamericanos habían escapado en naves espaciales en busca de un nuevo planeta para destruir. En vista de ello los habitantes del Litoral se abandonaron a su destino. Apagaron las radios, se sentaron a tomar mate y contemplar la lluvia que caía, tan familiar, tan lejana, a través de los cristales empañados,
Pero como todo lo hacia en esas épocas el mate también se acabo, así como las ganas de mirar por la ventana.
La humedad siguió ganando terreno en las casas y en los corazones, las paredes se descascaraban y el cielorraso caía en pedazos pastosos sobre las cabezas de la gente, pero ya nada les afectaba, siguieron impasibles, con la mirada perdida esperando la muerte, ni siquiera repararon de las grietas en los pisos y la verdosa capa de hongos y musgo que iba lentamente cubriéndolo todo, hasta cubrirles la piel, cerrarle los ojos e introducirse en sus sistemas. Hasta que ellos mismos terminaron por convertirse en hongos, alimentándose de un aire que era cada vez mas espeso y mas mojado. Y nada cambio mucho, salvo que dejaron de esperar la muerte y comenzaron a vivirla.

1 comentario:

El Circulo de la Flor dijo...

Es espectacular! un relato muy muy bueno. Me encantó.
Adrian.