jueves, 14 de febrero de 2008

El pacto silencioso

Escucha sus pasos acercándose en la oscuridad, podía sentir su respiración agitada cada vez más nítida, su cercanía le pone la carne de gallina y comienza a sentir un frío puñal adentrándose hasta su vientre.
Sabía lo que sucedería si él la encontraba. Aterrada, musitaba una plegaria que no recordaba entera y luego repetía una y otra vez las palabras “por favor, no dejes que me encuentre”.
Esa noche no pudo encontrarla. Ella lo escuchó caer vencido por su borrachera, maldiciéndola hasta quedarse dormido. Generalmente duerme un par de horas en el sofá del living y cuando recupera un poco la conciencia se pasa a su dormitorio. Ya no corría peligro, al menos por unas horas. Salió de su escondite y atravesó el living hasta la pieza de su hermanita Sofía. La despertó con un beso en la frente y le dijo que busque el cepillo de dientes, que iban a dormir a lo de los Galván. Sofía agarró el cepillo de la mesita de luz y juntas se escabulleron hasta la puerta del fondo. Pasarían la noche en lo de su amiga Ana, que vivía a tres casas de la de su padrastro. Allí estarían a salvo.
Irina tiene catorce años, su padre murió cuando ella tenía once y Sofía ocho. Su madre huyó el año pasado, dejándolas a cargo de su nuevo esposo, un hombre frustrado y devenido a la bebida. Estaban solas en el mundo. Y se había jurado protegerla hasta la muerte. No la abandonaría como lo hizo su madre.
Una vez en casa de Ana durmió como si no lo hubiese hecho en años. Así y todo despertó sin que la llamen y se llevo a Sofía a lo de su padrastro. Le preparó un mate cocido, luego la acompañó a la escuela y se fue a trabajar.
Irina había abandonado el colegio, consideraba que no tenía ningún sentido educarse, y que además tenía otras prioridades; trabajaba como doméstica en la casa de una vieja amiga de la familia paterna para poder sustentar las necesidades de su hermanita. Por las noches lloraba secretamente la muerte de su padre, pensaba que si él siguiese vivo no dejaría que nada malo les pase y ella podría tener una vida normal, ir al colegio y jugar con sus amigas.
Jamás pensó en hacer la denuncia, sabía que si daba parte al estado de su situación las separarían y Sofía crecería en un orfanato, cuando lo que necesitaba era de ella, su familia. Con lo que ganaba en lo de Doña Matilda y algún otro dinerito que se hacía repartiendo diarios iba a alquilarse una piecita para que vivan tranquilas las dos, además cabía la posibilidad de mudarse a lo de Doña Matilda para cuidarla, ya era bastante vieja y estaba perdiendo la vista.
Apenas se mudaban a su casa cuando el padrastro comenzó a molestarla. Ella lo soportó con humillación y terror. Sabía que era eso o la calle. Empezó a vivir con miedo, sabiendo que cuando cayese la noche haría aquel hombre siniestro sus visitas furtivas, listo a saciar su morbo y humillarla una vez más. Caían sus lágrimas mientras la forcejeaba en el juego nauseabundo y la amenazaba con que la próxima víctima sería otra si no respetaba el pacto silencioso.
Y eso hizo, con el tiempo ya no le generó asco ni deseos de venganza, sino pena. Como una flor en un pantano creció fuerte y hermosa. El jamás la vencería.

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