lunes 6 de febrero de 2012

Un vómito con sangre

Los ojos no dicen nada, no hay nada en ellos solo urgencia, solo desesperación como única y débil respuesta a la celebración a la inescrupulosidad en que se ha convertido el mundo. Aquello a algunos llaman vida es tanto más parecido a la muerte, al letargo perpetuo.

En la noche de los muertos que bailan el vino reboza de vida, y hay heridas que solo el vino puede apaciguar.

Te rompe el dolor de verte como otra entidad vacía que transita en un universo de calamidades, roles vacíos y situaciones intrascendentes arrojadas una sobre otra con la arbitrariedad de la imposición. La demencia aceptada como normal, lo normal proclamado demencia.

Entonces los ojos no dicen nada, solo habita en ellos un brillo lejano de incomprensión, de humanidad acaso.

Tirado en el piso, te estuvieron pateando un buen rato entre cuatro o cinco a los que no les gustó tu cara ni tu poca predisposición a ser llevado por delante. Pero ya se fueron. Te duele todo, por primera vez en tu vida en un momento sentiste que no ibas a soportarlo. Pero ya se fueron, y vas a sobrevivir, lo cual te produce una profunda e inentendible pena.

No hay nada para decir, nada que merezca ser defendido. Los días están cubiertos de telarañas. Los días están grabados en un código indescifrable. Son un vómito con sangre que contemplás una confusa mañana, y te trae algo de paz saber que al menos te estás destruyendo.

domingo 1 de enero de 2012

La jaula de los monos

Últimamente los únicos llamados que recibo son de empresas anónimas que quieren proveerme de alguna clase de servicio. Empresas patéticas e inmorales gestadas por el sistema moderno para las cuales represento alguna clase de cliente; o de algún vendedor de alguna de las anestesias que el cuerpo o la mente me piden para funcionar, avisándome de un cambio de número, de un nuevo producto que quizás pueda necesitar. A veces algún llamado de alguien conocido, en una noche fuera del planeta. Relatándome historias tenebrosas, preguntando si estoy dispuesto a vender mi alma por un poco de paz. Yo hablo, hablo sin usar la mente, sin proceso intermedio entre la concepción de las ideas y la edición del dialecto, o les digo lo que ellos quieren escuchar. Es muy complicado, lo mejor es no atender el teléfono. Si uno se enmaraña en teorías conspirativas, suele terminar por creer que al teléfono, la computadora, el microondas, la comida que venden en las tiendas, los trabajos, todo esta creado con el fin de controlar y regular donde estás, que comés, como sos, etc. De todas formas, esa sería una conspiración demasiado simplista, y los conspiradores suelen ser laberínticos en su modus operandus.

Mirás por la ventana, y lo que ves, aunque probablemente no difiera de ayer, o el mes pasado, salvo por la monstruosa velocidad con que se reproducen las construcciones, que han dejado la inercia de estar ancladas al suelo para convertirse en materia en movimiento y constante expansión; de todas formas, esa realidad se te aparece como una realidad extraña, ajena, o como si fuese el primero en contemplarla en mil años. Como si fuese la primera vez que una verdad, o un sentimiento como una flecha traspasa su aire y luego su cuerpo. Pensás que lo que estás viendo es un buen lugar donde comenzar a cambiar la realidad porque, afrontémoslo, intuís que no sos el único demonio sin raza, que los otros seres que deambulan por las calles, que ellos también están enfermos. Que ellos también desconocen su procedencia. Te lo dicen los alaridos desgarrados de padecimiento que legan de los otros confines de la ciudad. Quizás las profecías tenían razón. Quizás sean una manifestación de nuestra intuición del destino.

Pensás que ese paisaje que contemplás por la ventana, esa fracción de éste mundo, de éste universo, es un buen lugar para comenzar a cambiar la realidad. Pero te hace falta un arma, o una causa, o un sentimiento de venganza, lo que sea. Es complicado, a veces creemos que hablamos todos un mismo idioma, pero hablamos todos distintos, por más que estén constituidos o no por las mismas palabras. Un arma, una causa, valor y compromiso para llevarlas, sentimientos, paz, un lenguaje que se entienda. Algo. Necesitás algo, lo que sea. Sin embargo las palabras, las miradas, los llamados, todo te aterra. Qué una persona o máquina, o un grupo de personas o un grupo de máquinas, soliciten que te muevas como te movés, que comas tal cosa, veas tal otra en la tele, pagues tales impuestos, etcétera etcétera etcétera.

Suena el teléfono. Dejan mensajes. Suena nuevamente el teléfono. Cortan antes de que atienda el contestador. Suena. Cortan. Suena. Dejan mensajes. Suena.

Te aterra la posibilidad de tener que interactuar de tomar pequeñas e inmensas decisiones, la posibilidad de que entren en tu espacio, la sospecha de que ya estén adentro. La posibilidad de ser secuestrado, la posibilidad de tener que confesar, la posibilidad de tener que matar o morir. Solo ves en la vida horror e injusticias. Las calles arden. Deambulan erráticos los peregrinos sin fe. O eso es lo que ves desde donde estás, te movés unos pasos, buscás otra ventana. Las voces dicen, se contradicen.

Es lo que sucede cuando nos enferma lo que nos venden como cotidiano, cuando hemos perdido todo derecho como animales de la naturaleza, cuando tenernos vivos como estamos es casi un acto sanguinario, somos las necesidades que nos aferran. Así morimos en ésta semi-vida de silencio.

Pero es una muerte con los ojos abiertos. Y hay que rellenarla de eso que nos enseñan desde la escuela, con esa verdad sucia que nos inyectan.



martes 13 de diciembre de 2011

Ajíes fritos y vino blanco

El tipo era un desastre, de esos personajes que siempre se repiten. Una vez cayó a una reunión en casa, nadie lo conocía, por tanto nunca se supo explicar su presencia allí, tampoco jamás a nadie se le ocurrió averiguarlo y mucho menos preguntarle. Se dió vuelta y a eso de las tres de la mañana quebró en el sofá. Cuando se terminaba de ir la gente lo arrastré hasta la puerta y lo dejé tirado en la vereda. Primero atiné a arrepentirme de haber arrojado a su suerte a un ser en semejante estado de vulnerabilidad, luego pensé que en cierta forma allí pertenecía, no sería la primera ni la última vez que duerma en la calle. Su visión era algo de por sí algo siniestro, irradiaba lástima y desesperanza. Algo más cercano de lo que conocemos como muerte que de lo que conocemos como vida.

En efecto, murió un par de años después. Se había enamorado de un pollo congelado, al que violó despiadada y apasionadamente durante varios días hasta que entró el ave en descomposición. Entonces se acostó junto a su cuerpo, en el lecho donde se habían amado y fueron uno y mucho más que dos y simplemente murió y se descompuso, hasta que fueron partículas de una misma materia, hasta que fueron energía en viaje.

Era un tipo muy raro, extraía de los bolsillos de su saco ajíes de colores fabulosos que al comerlos lo hacían toser como enfermo terminal. Los bajaba preferentemente con vino blanco, sino con lo que sea que el destino pusiese a su alcance.

sábado 10 de diciembre de 2011

That´s fucking poetry man

Un poeta en un escenario haciendo lo suyo, en un bar con ambiente de lúgubre genialidad. Las palabras, los silencios desbordan pasión, en una dice creo que los sueños son juguetes que nos regalan cuando estamos demasiado perdidos de toda fantasía. Dos universitarios de Oklahoma o una mierda de esas chocan los cinco muy estruendosamente y gritan Yeahhhh, that´s what i´m talking about, yeahhh man, that´s poetry. Derraman sus vasos brindando al tiempo que gritan Go Go Go Go…

Miércoles crepuscular y La primera lluvia

Dos amigos en un bar

Se encuentran dos personas en un bar. La escena se desarrolla mas o menos así: uno de ellos está sentado a una mesa, tomando un café, leyendo un libro. El otro llega, se pide un café en la barra. Lo toma. Se disponía a salir cuando ve a su antiguo compañero de estudios. Se le acerca emocionado:

-¡Tincho!! ¡Tincho Villalba!! ¡Querido, tanto tiempo che!!- y la pregunta obligada -¿Qué es de tu vida?

-Ricky querido, que sorpresón, tanto tiempo la verdad… Cómo pasa la vida che. Estamos mucho más grandes. Yo bien, peleando con el teatro como siempre. ¿Y vos?

-Tranquilo, todavía en el banco. Desde hace dos años soy gerente. Pero contame más de vos. Si, me enteré que hace un tiempo estrenaste una obra. ¿Cómo te fue con eso?

-Bien, muy bien por suerte, sigue en escena hasta abril. Ahora ando con ganas de viajar.

-Ah, ¿si? ¿Dónde tenés pensado ir?-

-Al Sur loco, me quiero violar un pingüino.- y ante la atónita mirada de su interlocutor prosigue -Vienen aceitados naturalmente. Eso es tremendo. Pensalo loco. Pensalo…